Mi madre lo encontró por casualidad.
No estaba husmeando, al menos no al principio. Buscaba papeles, algo común, algo que pudiera explicar las recientes ausencias y el extraño comportamiento de mi padre. En cambio, abrió un cajón que nunca antes había tocado y encontró un objeto que la inquietó de inmediato. En el instante en que lo vio, afloró un miedo familiar, uno que había albergado en silencio durante años sin haberle puesto nombre.
Nunca se había dicho nada en voz alta.
No hubo acusaciones, ni denuncias, ni confrontaciones. Solo pequeñas observaciones que nunca terminaban de encajar: la forma en que mi padre se replegaba sobre sí mismo al manejar sus “cosas”, cómo palidecía su rostro, su postura se encogía, como si estuviera solo a medias presente, como alguien que permanece allí únicamente porque un ritual lo exige.
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